Adán antes de Eva: ¿hombre o andrógino? Debates teológicos desde los Padres de la Iglesia hasta nuestros días
Un análisis queer-teológico detallado de la teoría de la androginia de Adán.
Contenido

En el segundo capítulo del Génesis se dice que Dios creó a Eva de una costilla de Adán. De ahí surge la pregunta: ¿cuál era el estatus sexual de Adán antes de la aparición de Eva, cuando «mujer» como categoría social y lingüística independiente aún no había sido introducida en el relato?
Los autores que han analizado este episodio en detalle señalan a veces una posible pista en los dos primeros capítulos del Génesis: antes de la creación de Eva, Adán pudo haber sido concebido como un ser andrógino. Por androginia se entiende aquí la combinación de rasgos masculinos y femeninos en un solo ser. En ese caso, Adán antes de la aparición de Eva podría haber sido considerado bisexuado.
Existe también otra interpretación. Según esta, el primer ser humano carecía originalmente de sexo, y la división en hombre y mujer se produjo más tarde, a lo largo del relato. La hipótesis andrógina tiene también sus críticos: rechazan esta lectura y proponen otras explicaciones.
En este artículo se examinan ambas posiciones: en qué se basa la interpretación andrógina y qué objeciones plantean sus oponentes.
Dos relatos de la creación del ser humano en la Biblia
El Génesis contiene dos descripciones distintas de la creación del ser humano. En el primer capítulo se dice que Dios creó a la humanidad simultáneamente:
«Y creó Dios al hombre [adam = humanidad] a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.»
En el segundo capítulo el orden es diferente: primero se crea al hombre, y la mujer aparece después, a partir de su costilla:
«Entonces el Señor Dios hizo caer un sueño profundo sobre el hombre, y este se durmió. Tomó una de sus costillas y cerró la carne en su lugar. De la costilla que el Señor Dios tomó del hombre [adam], formó una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces el hombre: “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; esta será llamada ‘mujer’, porque del hombre fue tomada."»
Las diferencias entre estos capítulos son visibles tanto en el contenido como en el estilo. Esto ha atraído la atención de los investigadores desde hace mucho tiempo. En la ciencia bíblica y la teología modernas está extendida la explicación según la cual el Génesis se formó a partir de varias tradiciones, unificadas posteriormente en un solo texto. En esto se basa la hipótesis documentaria. No pretende aportar una prueba definitiva, pero parte de la idea de que distintos fragmentos de la Escritura pudieron tener orígenes diferentes.
Generalmente se considera que el primer capítulo está vinculado a la fuente sacerdotal. En él, Dios es designado con la palabra «Elohim». El segundo capítulo suele atribuirse a la tradición yahvista, donde se emplea la combinación «Yahvé Elohim», es decir, «Señor Dios».
También difiere la composición de estos pasajes. El primer capítulo está construido de manera estricta y rítmica, casi como un plan secuencial: en seis días, Dios crea la luz, la tierra firme, las plantas, los animales y luego al ser humano. Es una narración cosmológica cuyo centro es el mundo como totalidad.
En el segundo capítulo, el foco se desplaza al ser humano y su entorno inmediato. Aquí aparecen Adán y Eva, se menciona el jardín del Edén y se describen las primeras relaciones del ser humano con los animales.

Sobre el significado de la palabra «adam»
En el diccionario hebreo de Brown–Driver–Briggs se distinguen tres significados principales de la palabra hebrea antigua «ʾādam». Primero, «hombre»; segundo, «humanidad en su conjunto»; tercero, el nombre propio «Adán», que designa al primer ser humano.
En los textos bíblicos, a la palabra «ʾadam» se le antepone con frecuencia el artículo definido «ha-». Así se forma «ha-adam», que puede traducirse como «este ser humano» o «la humanidad». Es esta forma la que aparece con especial frecuencia en el relato de la creación de los primeros seres humanos en el jardín del Edén.
A comienzos del siglo XXI, el rabino ortodoxo estadounidense Pinchas Stolper analizó este término en detalle en una serie de artículos. Prestó atención al versículo Gn 2,18: «Y dijo el Señor Dios: No es bueno que ha-adam esté solo; le haré una ayuda idónea.» De ahí surge la pregunta: ¿a quién designa exactamente la palabra «ha-adam»?
Para Stolper, no se trata de «ish» — varón — ni de «adam» en sentido estricto como hombre, sino de un ser especial. Su naturaleza, según el autor, queda aclarada por otro fragmento, Gn 1,27: «Y creó Dios a ha-adam a su imagen; varón y hembra los creó.» Stolper entiende este versículo, como muchos pensadores judíos antes que él, como un texto de múltiples capas.
Primero, «ha-adam» se presenta como un todo único. Luego se precisa que en este ser estaban originalmente presentes tanto el principio masculino como el femenino. Solo después de eso se produce la división: del ser único surgen dos — «ellos».
Esta es la tradición judía. La siguiente pregunta es: ¿cómo abordan este tema los autores cristianos?
Dos enfoques: tradicionalista y igualitarista
Desde los primeros siglos del cristianismo, la idea de un ser humano originalmente andrógino suscitó interés y controversia. Ya los Padres de la Iglesia la discutieron, pero el debate se avivó de manera especial en las décadas de 1980 y 1990, ante todo en los ámbitos evangélicos. Paulatinamente se perfilaron dos enfoques: el tradicionalista y el igualitarista.
Los tradicionalistas rechazan la idea de un Adán andrógino. Según ellos, Dios creó desde el principio al hombre y a la mujer como seres distintos pero complementarios. Uno de los representantes más destacados de esta posición es el pastor protestante estadounidense Raymond Ortlund Jr. Desarrolló la doctrina del complementarismo, según la cual hombre y mujer son iguales en dignidad ante Dios, pero difieren en su vocación, inscrita en el acto mismo de la creación.
Ortlund sostenía que la primacía masculina y la igualdad de los sexos no se excluyen mutuamente, sino que coexisten dentro de un mismo modelo. Se remitía a los primeros capítulos del Génesis, donde la palabra «adam» puede significar tanto «ser humano» como «hombre». Para Ortlund, esto señalaba un papel especial del varón como fuente y cabeza respecto de la mujer.
Los igualitaristas plantean la cuestión de otra manera. Ponen el acento en el contexto cultural y las particularidades lingüísticas de los textos bíblicos. El hebreo antiguo se formó en una sociedad patriarcal donde los hombres ocupaban las posiciones predominantes; por eso las formas masculinas se empleaban frecuentemente para designar a la humanidad en su conjunto. Los igualitaristas lo consideran una característica del contexto histórico y no una expresión directa de la voluntad divina.
Algunos igualitaristas — y no solo autoras feministas — van más allá y afirman que el ser humano se completa plenamente solo con la aparición de la mujer. En esta lectura, la mujer no es un ser secundario, sino la culminación de la creación.
Estos debates reavivaron el interés por concepciones alternativas sobre la naturaleza del primer ser humano. En este contexto, las hipótesis de un Adán asexuado y de un Adán andrógino comenzaron a discutirse activamente de nuevo.
La teoría de la androginia
En el primer capítulo del Génesis se dice: «Dios creó al hombre a su imagen… varón y hembra los creó» (Génesis 1,27). Ya los intérpretes hebreos antiguos veían en estas palabras un indicio de que el ser humano fue concebido originalmente como un ser único: un andrógino. Según esta interpretación, Dios lo dividió después en dos sexos.
En el segundo capítulo, la narración está estructurada de otro modo: Adán se sume en un sueño profundo, y Dios crea a la mujer de su costilla. A primera vista, entre los dos relatos parece surgir una contradicción. Sin embargo, muchos teólogos consideran que no la hay. En el primer capítulo, según su interpretación, se habla de la integridad del ser humano como imagen de Dios, y en el segundo, del despliegue de esa integridad en dos seres separados.
De ahí surgió en la tradición cristiana la idea del Adán andrógino: el primer ser humano fue un ser único que contenía ambos sexos, y la división en hombre y mujer se convirtió en una forma de manifestación de una sola naturaleza humana.
La historia de esta idea y su desarrollo pueden seguirse a través de las obras de teólogos, filósofos y pensadores, desde los Padres de la Iglesia hasta los investigadores contemporáneos y los críticos de la teoría andrógina.
A favor de la teoría de la androginia de Adán
Los Padres de la Iglesia: Gregorio de Nisa y Máximo el Confesor
Uno de los primeros autores cristianos en discutir sistemáticamente el papel del sexo en el plan de Dios fue Gregorio de Nisa, teólogo y filósofo del siglo IV, venerado como Padre de la Iglesia. En su tratado «Sobre la creación del hombre», reflexionaba sobre las palabras del Génesis acerca de la creación del ser humano «a imagen de Dios» y llegaba a la conclusión de que la imagen divina no contiene división por sexo.
Citando las palabras del apóstol Pablo en la Epístola a los Gálatas — «no hay hombre ni mujer» —, Gregorio afirmaba que originalmente el ser humano existía fuera de la distinción «hombre/mujer». Escribió:
«Pues la Escritura dice primero: “Creó Dios al hombre a imagen de Dios”, mostrando con estas palabras — como dice el apóstol — que en ese ser no hay varón ni mujer; luego añade las propiedades distintivas de la naturaleza humana, a saber: “Varón y hembra los creó."»
— Gregorio de Nisa, «Sobre la creación del hombre»
Según Gregorio, la esencia humana como imagen de Dios no incluye originalmente la diferenciación sexual. La división en dos sexos pertenece al aspecto corporal de la naturaleza. Dios, previendo la caída y la mortalidad, dispuso de antemano la reproducción mediante la división sexual. Pero esta «adición» no pertenece al arquetipo divino y surge como consecuencia del acercamiento del ser humano al mundo animal. El sexo, en este esquema, aparece como una propiedad temporal del ser humano.
De ahí, Gregorio concluía que tras la resurrección la diferencia de sexos desaparecerá. En el Evangelio según Mateo se dice que los resucitados «ni se casan ni se dan en casamiento. Son como los ángeles del cielo». Para Gregorio, esto significaba la restauración de la integridad original de la naturaleza humana. No obstante, no afirmaba que Adán poseyera físicamente al mismo tiempo órganos masculinos y femeninos. Por «androginia», Gregorio entendía ante todo un estado espiritual del ser humano antes de la caída.
Esta línea fue desarrollada por Máximo el Confesor. En «Ambiguum 41», escribía que la diferencia «masculino/femenino» es la última de las cinco divisiones fundamentales del mundo. Cristo suprime estas barreras, sana la creación y la devuelve a su unidad original. Si Adán no hubiera transgredido el mandamiento, la continuación de la especie humana habría ocurrido, según Máximo, de otra manera, no «animal». También aquí no se trata de androginia física, sino de la restauración del estado del «hombre simple» en el paraíso, donde la división sexual pierde sentido porque está ligada a la muerte y la corrupción.
En el siglo IX, este tema fue continuado por Juan Escoto Erígena. En su tratado «Sobre la división de la naturaleza», consideraba la diferencia de sexos como un caso particular de una fractura cósmica más general. Al principio, según su pensamiento, todo existía como unidad y permanecía en Dios. Tras la caída, esta integridad se quebró, y el ser humano quedó dividido en hombre y mujer.
Según Erígena, si el ser humano no hubiera pecado, habría seguido viviendo en el conocimiento de su verdadera naturaleza espiritual y no habría necesitado la reproducción «de dos sexos», como los animales. Cristo devuelve lo dividido a la unidad y reúne al ser humano con Dios, aunque la restauración definitiva solo es posible al final de los tiempos.
Jakob Böhme y Franz von Baader
A comienzos del siglo XVII, el teósofo alemán Jakob Böhme expuso sistemáticamente la doctrina del Adán andrógino. Según su pensamiento, antes de la caída el ser humano era un ente bisexuado en el que el principio masculino y el femenino constituían una unidad indivisible. Este ser primigenio es descrito por Böhme de manera deliberadamente figurativa:
«Adán era un hombre, así como una mujer, pero al mismo tiempo ni lo uno ni lo otro, sino una virgen, llena de castidad, pureza e inocencia, como imagen de Dios.»
— Jakob Böhme
En otras palabras, ambos principios estaban unidos en Adán en una forma perfecta y no caída. Böhme asociaba este estado con la presencia de dos «tinturas» — fuerzas interiores: una masculina, «ígnea», y otra femenina, «luminosa». Gracias a su equilibrio, el Adán ideal podía, según Böhme, engendrar descendencia de sí mismo, sin pareja.
La caída, Böhme la entendía como una ruptura radical de la totalidad original. En su versión, Adán, al observar a los animales con sexos separados, deseó lo mismo para sí. Este deseo fue interpretado como manifestación de voluntad propia. Entonces Dios separó de Adán la parte femenina y creó a Eva. Al mismo tiempo, Adán perdió su esencia celestial — Sofía, la Sabiduría Divina, la eterna «virgen celestial». A partir de entonces, Adán no fue más que la mitad de su plenitud anterior, y Eva — la parte separada de la totalidad original.
La redención, Böhme la asociaba con la recuperación de la integridad perdida. Cristo aparece en él como el «nuevo Adán», en quien los principios masculino y femenino vuelven a estar unidos en perfecta unidad. En esta lógica se explican el nacimiento de Jesús de una Virgen, su celibato y la ausencia de necesidad de una esposa: la integridad andrógina interior ya está presente en él. Después de la resurrección, según Böhme, los seres humanos también podrán restaurar el estado del Adán primordial.
En el siglo XIX, el filósofo-místico alemán Franz von Baader desarrolló las ideas de Böhme en una dirección similar. También afirmaba que el ser humano era originalmente andrógino y podía generar vida sin división en dos sexos. Pero la caída destruyó esa integridad:
«Cuando Adán cayó, perdió su parte femenina de la imagen virginal, al igual que Eva perdió la masculina. Desde entonces, hombre y mujer por separado no son sino fragmentos que anhelan la reunión.»
— Franz von Baader
El tema del matrimonio adquiere una importancia especial en la filosofía de Baader. Lo consideraba menos como un medio de procreación que como un sacramento espiritual de restauración de la integridad humana. La unión cristiana la llamaba Baader una «pequeña resurrección»: en el amor, los esposos se ayudan mutuamente a superar la unilateralidad, descubriendo el hombre lo femenino en sí mismo, y la mujer — lo masculino.
«El fin del matrimonio es devolver al esposo y a la esposa su integridad andrógina original de la imagen de Dios.»
— Franz von Baader

Vladímir Soloviov, Nikolái Berdiáyev y Vasili Rózanov
El filósofo ruso Vladímir Soloviov reinterpretó a finales del siglo XIX el tema del andrógino y le confirió un sentido ético-religioso. Conocedor profundo de las doctrinas místicas de Franz von Baader y Jakob Böhme, vio en la imagen del andrógino un símbolo de la perfección futura del ser humano.
En su tratado «El sentido del amor», Soloviov afirmaba que el ser humano no puede ser verdaderamente íntegro si permanece solo como hombre o solo como mujer: la plenitud solo es posible como unidad de los dos principios. El amor sexual, según él, no ha sido dado solo para la procreación, sino ante todo como una fuerza que supera el egoísmo y la separación. En este sentido, el sentimiento terrenal se convierte en un paso hacia la restauración de la imagen íntegra de Dios.
Al mismo tiempo, Soloviov subrayaba que no se trataba de una fusión física, sino de un androgynismo espiritual — una integridad interior que solo debía realizarse plenamente al final de la historia. La caída la entendía como la pérdida de esa integridad, y la salvación — como su recuperación.
La sofiología — la doctrina de la Sabiduría Divina — ocupaba un lugar especial en su filosofía. Soloviov vinculaba la «feminidad eterna» de Sofía con el tema andrógino: Sofía encarnaba la imagen del Alma Universal transfigurada, en la que los principios masculino y femenino son inseparables. Estas ideas influyeron notablemente en el pensamiento religioso ruso de comienzos del siglo XX. La imagen del andrógino adquirió en él un significado cristiano-romántico: como llamada al amor transfigurador y como imagen de la futura unión de la humanidad en un solo hombre en Cristo.
Nikolái Berdiáyev, desarrollando los impulsos de la filosofía de Soloviov, formuló su propia metafísica del sexo. Afirmaba que la imagen de Dios no puede encontrarse en el hombre o en la mujer por separado: se revela solo en el ser humano íntegro, el andrógino:
«Ni el hombre ni la mujer son imagen y semejanza de Dios, sino solo el andrógino, el ser humano íntegro. La diferenciación de lo masculino y lo femenino es una consecuencia de la caída cósmica de Adán. La formación de Eva precipitó al viejo Adán bajo el poder de la sexualidad genérica, lo encadenó al “mundo” natural, al “mundo de aquí”. El “mundo” atrapó a Adán y lo posee a través del sexo; en el punto de la sexualidad, Adán está encadenado a la necesidad natural. El poder de Eva sobre Adán se convirtió en el poder de toda la naturaleza sobre él. El ser humano, atado a Eva que da a luz, se convirtió en esclavo de la naturaleza, esclavo de la feminidad separada, diferenciada de su imagen y semejanza andróginas de Dios. El hombre intenta restaurar su imagen andrógina mediante la atracción sexual hacia la naturaleza femenina perdida.»
— Nikolái Berdiáyev, «El sentido de la creación»
Como Soloviov, Berdiáyev veía en el amor entre los sexos el anhelo de restaurar la unidad perdida. Pero subrayaba que la pasión corporal conduce con mayor frecuencia no a la armonía, sino al conflicto y la incomprensión mutua. La verdadera superación de la división de los sexos solo es posible, según él, en el Reino de Dios.
La imagen de Cristo, Berdiáyev la interpretaba como ejemplo del «Hombre Absoluto» — el nuevo Adán celestial, en quien los principios masculino y femenino ya están reconciliados. Por eso, Jesús en su vida terrenal fue virgen «no porque negara el amor, sino porque ya encarnaba al Hombre íntegro, celestial y andrógino».
«Solo el ser humano que ha restaurado su integridad, su virginidad, su imagen andrógina, puede realizar plenamente su vocación creadora.»
— Nikolái Berdiáyev, «Filosofía de la libertad»
En este contexto, el ideal cristiano de la castidad, Berdiáyev lo entendía no como negación del sexo, sino como anticipación de una persona renovada más allá de la división biológica.
Motivos emparentados se encuentran también en Vasili Rózanov, pensador ortodoxo ruso de principios del siglo XX. Consideraba que el primer ser humano fue un andrógino — un ser íntegro, aún no dividido en masculino y femenino. El sexo, según su versión, surgió más tarde y estuvo vinculado no tanto al designio original del Creador como a un sistema de prohibiciones morales.
En su libro «Gente de la luz de luna», Rózanov escribía que el sexo es una magnitud íntegra de la que nace la atracción mutua del hombre hacia la mujer y de la mujer hacia el hombre. Le preocupaba la pregunta: si la reproducción es la ley fundamental de la naturaleza, ¿por qué Dios creó primero un solo ser humano? No menos sorpresa le causaba que Eva, cuyo nombre se traduce como «madre de la vida», hubiera sido extraída de Adán. Para Rózanov, esto significaba que el principio femenino ya estaba presente en Adán. En esta lectura, la creación de Eva no aparece como un inicio, sino como la culminación de la creación: ella se convierte, según su formulación, en «la última novedad» del mundo.
El tema de la homosexualidad ocupaba un lugar aparte en las reflexiones de Rózanov. Llamaba al homosexual «un tercer ser humano junto a Adán y Eva, en esencia — aquel Adán del que Eva aún no ha salido; el primer Adán completo. Es más antiguo que aquel primer ser humano que empezó a reproducirse». En la homosexualidad, el filósofo veía la manifestación de una capa más antigua de la naturaleza humana, anterior a la división de los sexos y al surgimiento de la reproducción.
El Adán andrógino en el protestantismo moderno: Johannes de Moor, Phyllis Trible, Rebecca Groothuis
En la segunda mitad del siglo XX, la idea de un primer ser humano andrógino recibió un nuevo impulso en la ciencia bíblica protestante. A ello contribuyeron los estudios de género, la exégesis feminista y debates filosóficos más amplios de la época. En el marco de estos enfoques, algunos investigadores propusieron leer Génesis 1,27 así: Dios crea a la humanidad como un ser en el que lo masculino y lo femenino están presentes simultáneamente. En esta interpretación, el versículo podría sonar así: «Dios lo [la humanidad] creó masculino-femenino.»
Un papel notable en esta discusión desempeñó el erudito neerlandés Johannes Cornelis de Moor, especialista en lenguas semíticas y religiones del Antiguo Oriente Próximo. Afirmaba que el autor del primer capítulo del Génesis concibe al primer ser humano como un andrógino y vincula este estado con la imagen de Dios. Al entender la expresión «imagen de Dios» literalmente, de Moor extendió la idea de androginia no solo al ser humano, sino también a Dios mismo. En su interpretación, Dios resulta ser bisexuado.
En apoyo de su tesis, de Moor se remitía a las religiones del Antiguo Oriente, donde las divinidades creadoras reunían frecuentemente en sí los principios masculino y femenino. Según él, la androginia era percibida allí como un signo de lo divino. A través de ella se delimitaba la esfera de lo sobrenatural del mundo humano, donde los sexos, por el contrario, están separados.
De Moor prestó especial atención a la gramática de Génesis 1,27. En el versículo alternan las formas «lo creó [la humanidad]» y «los creó [varón y hembra]». Según su opinión, originalmente allí pudo haber figurado un pronombre en dual — una forma que designa no una pluralidad, sino un par. Posteriormente, según creía, fue sustituido por el plural «los». De Moor respaldaba este argumento con ejemplos de otras lenguas semíticas y comentarios rabínicos. En esta lectura, «adam» en el primer capítulo aparece como un ser andrógino, simultáneamente hombre y mujer.
La biblista estadounidense y una de las fundadoras de la exégesis feminista, Phyllis Trible, también consideraba que en Génesis 1,27 Dios crea a Adán como hombre y mujer en un solo acto. Uno de sus argumentos se refería al segundo capítulo del Génesis. Ya antes de la creación de Eva, la prohibición de comer los frutos del árbol del conocimiento, en Génesis 2,16-17, está dirigida no al «hombre», sino a «adam» en cuanto ser humano en general. De ahí, Trible concluía que antes de la división en dos sexos, Adán es concebido como andrógino.
Trible también llamaba la atención sobre el hecho de que a lo largo de casi todo el segundo capítulo del Génesis, hasta el versículo 2,23, el texto emplea exclusivamente la palabra «adam». Luego Adán pronuncia: «He aquí por fin hueso de mis huesos y carne de mi carne. Será llamada ishá (mujer), porque del ish (hombre) fue tomada.» Por consiguiente, la designación propiamente masculina solo aparece en el momento de la aparición de la mujer. En esta estructura, el punto de partida es la androginia, mientras que la diferenciación de los sexos y el surgimiento de la sexualidad se vinculan con la aparición de la mujer. La aparición de la mujer se convierte simultáneamente en el «nacimiento» del hombre: solo en respuesta a ella, Adán se nombra por primera vez y se reconoce como varón.
Trible rechazaba además expresamente la tesis de que el relato yahvista de la creación de Eva a partir de una costilla convierte a la mujer en un sexo secundario y dependiente. Al contrario, según ella, es precisamente la creación de la mujer la que constituye el clímax de la narración. No es un detalle secundario, sino la cumbre de la historia de la creación. Trible vinculaba esta conclusión con la estructura del texto: en Génesis 1, el ser humano aparece el último y se convierte en la corona del mundo; del mismo modo, en el segundo capítulo del yahvista, Eva, al surgir en último lugar, resulta ser la primera en importancia.
La escritora y activista estadounidense del movimiento por la igualdad bíblica de los sexos, Rebecca Groothuis, también llamaba la atención sobre estas particularidades del texto. Señalaba que el nombre Adán no marca el sexo y se traduce literalmente del hebreo antiguo como «terrestre». De ahí, Groothuis concluía: el ser humano se llama «adam» porque actúa como único representante de la humanidad, y su esencia se define ante todo por la naturaleza humana, no por el sexo masculino. Antes de la aparición de la mujer, según su interpretación, Adán sigue siendo un ser humano con una apariencia sexual indeterminada.
Groothuis se remitía también a Génesis 5,1-2, donde se dice que Dios creó al hombre y a la mujer y a ambos los llamó «adam»: «Dios creó al ser humano; a semejanza de Dios lo hizo. Varón y hembra los creó y los bendijo. Cuando los creó, les dio el nombre de “hombre” [adam].»
El autor cristiano estadounidense Donald Joy proponía un paralelo biológico. En las etapas tempranas del desarrollo, el embrión tiene forma femenina, y las diferencias sexuales se manifiestan solo hacia la novena semana. Como observaba Groothuis, se puede ver aquí el mismo esquema: tanto en la historia de la creación como en el desarrollo biológico, primero hay indeterminación del sexo, y luego surge la división en masculino y femenino. Joy lo formulaba así: «Todos empezamos iguales en Adán, pero también todos empezamos iguales en el embrión. La creación se repite en cada concepción.»
Groothuis subrayaba que sus reflexiones no pretenden el estatus de dogma teológico estricto. Sin embargo, en su opinión, el texto bíblico admite tal interpretación. El hombre no fue el «primer» ser: primero existió el ser humano-andrógino, y la mujer no surgió como un apéndice. Dios creó la humanidad, en la que hombre y mujer juntos constituyen «Adán». Él es humano, y ella es humana.

Contra la teoría de la androginia de Adán
A finales del siglo XX, los principales debates sobre la teoría de la androginia de Adán se desarrollaron ante todo en el ámbito protestante. Allí también se formularon las objeciones más serias. Por ello, las interpretaciones protestantes resultan especialmente importantes para esta discusión: es en ellas donde la argumentación se muestra más desarrollada.
Gerhard von Rad y Werner Neuer
El teólogo protestante alemán del siglo XX Gerhard von Rad analizaba el texto del Génesis desde el punto de vista lingüístico. Llamaba la atención sobre el hecho de que en Génesis 1,27 primero se utiliza el pronombre masculino singular — «lo» — y luego aparece la forma plural — «los». Según von Rad, este cambio de formas gramaticales muestra que originalmente no se hablaba de un ser bisexuado. Si el autor hubiera tenido en mente a un andrógino, la forma «los» no habría sido necesaria. Von Rad advertía además contra una excesiva «espiritualización» del texto y recordaba que el ser humano fue creado a imagen de Dios no solo como ser espiritual, sino también como ser corporal.
Una posición similar adoptó el pastor evangélico alemán Werner Neuer. Afirmaba que Dios concibió desde el inicio al ser humano como un ser de dos sexos: los principios masculino y femenino formaban parte del designio original y no fueron un añadido posterior. Según Neuer, la idea de un Adán andrógino llegó a la tradición cristiana desde fuera — a través de la filosofía de Platón, de las obras del pensador judío Filón, que estaba bajo la influencia del platonismo, así como de los gnósticos.
Los defensores de la teoría andrógina objetaban a Neuer que este motivo efectivamente está presente en Platón, pero que en la Edad Media fue reinterpretado en clave cristiana. Según su exposición, la diferencia consiste en lo siguiente: en Platón, el andrógino es una unidad indivisible donde los opuestos se disuelven el uno en el otro. En la filosofía cristiana, el andrógino se entiende más a menudo como una unidad dinámica: lo masculino y lo femenino conservan su diferencia, pero se complementan mutuamente.
La causa de la división también se explica de manera diferente. En Platón, es una decisión de Zeus, sin que el filósofo proponga una salida clara. En el pensamiento cristiano medieval, la restauración de la integridad se vincula con el amor o la castidad, y en perspectiva última — con la salvación y el Reino de Dios.
Neuer subrayaba que la confirmación de la hipótesis de un Adán bisexuado cambiaría radicalmente la comprensión cristiana de la naturaleza humana y la sexualidad. Entonces la pertenencia sexual no formaría parte del designio original de Dios y sería percibida como algo secundario, tardío e incluso distorsionado — como una degeneración del estado humano original.
En apoyo de su posición, Neuer aportaba tres argumentos. Primero, en Génesis 1,27 se dice: «Dios creó… los, varón y hembra.» Aquí coincidía con von Rad: la forma «los» y no «lo» indica dos personas. Segundo, en Génesis 5,2 se dice: «Varón y hembra los creó y los bendijo.» También aquí la forma plural excluye, en su opinión, la idea de un andrógino. Tercero, en Génesis 1,28, inmediatamente después de la creación de los seres humanos, Dios dice: «Sed fecundos y multiplicaos.» Neuer consideraba que este mandato se dirige evidentemente a una pareja y no a un solo andrógino.
Edward Noort
El teólogo y especialista en Antiguo Testamento neerlandés Edward Noort analizó detalladamente cómo describe el Génesis la aparición de los primeros seres humanos:
«27aa Y Dios creó a ha’adam (la humanidad) a su imagen, 27ab a imagen de Dios lo creó, 27b zakar u-n’qebah bara otam (varón y hembra los creó).»
— según Edward Noort
Noort señalaba que la expresión «zakar u-neqebah» en todo el Pentateuco designa de manera constante a un hombre y una mujer concretos — ya sea una pareja humana, ya sea un macho y una hembra de animales. Esta fórmula aparece en las leyes sobre impureza ritual, votos, censos y sacrificios, así como en el relato del Diluvio, donde claramente se refiere a una pareja de animales. De ahí, Noort concluía que en Génesis 1,27 no se habla de un andrógino mítico, sino de la primera pareja humana.
Noort polemizaba también con de Moor, quien vinculaba el texto bíblico con mitos del Antiguo Oriente Próximo sobre la dualidad divina. Noort admitía que tales paralelos son posibles, pero insistía en que el autor del Génesis no tomó prestados directamente esos mitos. El sentido del texto, según él, no consiste en explicar el pasado, sino en indicar el futuro. Precisamente por eso, inmediatamente después del relato de la creación sigue la genealogía de Adán. La humanidad se perpetúa solo a través del nacimiento de hijos, y por lo tanto — a través de la diferencia de sexos. En este contexto, Génesis 1,27 incluye desde el principio la distinción entre hombre y mujer en el designio de la creación.
Wayne A. Grudem y Richard M. Davidson
En el siglo XXI, el teólogo evangélico estadounidense Wayne A. Grudem también examinó en detalle la hipótesis del Adán andrógino. Afirmaba que Groothuis estaba equivocada, y que la palabra «adam» en los primeros capítulos del Génesis se emplea en varias acepciones. A veces significa «ser humano en general», pero en algunos casos — precisamente «hombre». Así, en el segundo capítulo se dice que antes de la creación de Eva «no se encontró un ayudante que correspondiera a Adán». De ahí, Grudem concluía que la diferencia sexual en Adán ya estaba presupuesta, y que la palabra «adam» debe entenderse aquí como «hombre». Según él, la lectura igualitarista destruye el sentido de la creación de Eva.
Grudem razonaba además así: si Adán hubiera sido originalmente andrógino o asexuado, entonces al ser creado no habría sido ni un ser humano hombre ni un ser humano mujer. Entonces no habría sido un ser humano en el sentido en que los seres humanos existen hoy. Fue Adán — y no toda la humanidad — quien recibió el mandamiento de no comer los frutos del árbol del conocimiento del bien y del mal. En ese momento, Eva aún no existía, y Adán representaba solo a toda la humanidad. Por consiguiente, si hubiera sido andrógino, no podría haber sido nuestro representante, puesto que no se nos parecería.
El especialista estadounidense en Antiguo Testamento y teólogo Richard M. Davidson subrayaba que lo importante no es una hipotética fuente preliteraria del Pentateuco, sino la redacción final del texto. Es ella la que sitúa los primeros capítulos del Génesis al comienzo de la Escritura y los convierte en el fundamento teológico para la reflexión sobre la sexualidad humana. Para Davidson, estos capítulos no son dos documentos inconexos, sino una composición unitaria en la que el tema del sexo y el matrimonio está integrado en el designio global del Creador.
Davidson consideraba los primeros capítulos del Génesis como la clave para la comprensión de la sexualidad humana. Según él, aquí no se constata simplemente la diferencia de sexos, sino que se revela el designio de Dios para el ser humano. La diferencia de sexos la consideraba fundamental para la esencia misma de la humanidad: no se puede decir «ser humano» sin implicar «hombre y mujer». De ello se sigue que la sexualidad fue inscrita por Dios en la estructura misma del ser humano.
Al mismo tiempo, Davidson no encontraba en el texto fundamento alguno para describir al primer ser humano como un ser que reúne ambos sexos. Al crearse la mujer, Adán no cambia en su naturaleza, solo pierde una costilla. Dios lo creó con un anhelo innato de pareja. El episodio de los animales en Génesis 2,18.20 muestra que ninguno de ellos podía ser «un ayudante que le correspondiera». Solo la aparición de la mujer revela al hombre la plenitud de su sexualidad, que, según Davidson, estaba presente en él desde el principio.
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El debate sobre la androginia de Adán — desde Gregorio de Nisa y Máximo el Confesor, pasando por Böhme, Baader, Soloviov y Berdiáyev, hasta Trible, de Moor y sus críticos — muestra que el texto bíblico admite diferentes lecturas. ¿Cómo entender ha-adam? ¿Debe considerarse la diferencia de sexos como originaria o como temporal? Estas preguntas aún no tienen respuesta definitiva y requieren un estudio más profundo. La propia continuación de este debate es importante, ya que amplía los horizontes de la interpretación de las Escrituras.
Bibliografía y fuentes
- Berdiáyev N. A. El sentido de la creación: ensayo de justificación del hombre. 1916.
- Gregorio de Nisa. Sobre la creación del hombre.
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🙏 Teología queer del cristianismo
Introduction